Ecología doméstica frente a la crisis
En primer lugar, hay que tener en cuenta que los electrodomésticos de última generación, o clasificados como clase A, tienen unas características electrónicas que permiten su funcionamiento con el mínimo consumo de energía posible. Lo más recomendable sería contar con un frigorífico, una lavadora, un lavavajillas y una cocina eléctrica de clase A, pero si esto no es posible, te ofrecemos una serie de consejos muy sencillos que van a conseguir reducir tu “factura de la luz” y, por tanto, la emisión de gases de efecto invernadero derivados de la producción energética.
El frigorífico es uno de los electrodomésticos que más se utiliza al cabo del día, de hecho, ¿quién no abre el frigorífico cada vez que entra en la cocina?. De esa forma, el frío se escapa y necesita consumir más energía para volver a recuperar la temperatura. También hay que evitar introducir alimentos calientes puesto que hacen variar la temperatura del “frigo” provocando el mismo efecto que si se mantuviese la puerta abierta, es decir, un aumento de la temperatura interior. No introduzcas alimentos envueltos en film transparente o en papel de aluminio, además de ser dos productos muy contaminantes, no conservarán los alimentos de la mejor manera; procura guardarlos en fiambreras con tapa. Por último, descongelando el frigorífico una vez al año, se ahorrará cerca del 25% de la energía que consume.
La lavadora es uno de nuestros grandes aliados en el hogar. De sobra se sabe que sólo hay que ponerla en funcionamiento cuando esté llena, pero se puede hacer mucho más. Separando los colores y bajando la temperatura de lavado, se obtendrán excelentes resultados. Cada vez son más los detergentes que actúan en agua fría, su precio es similar al resto y además de ahorrar en agua en el prelavado, ayudan a reducir el consumo de energía en el hogar.
Junto a la lavadora, cada vez son más los hogares que cuentan con una secadora. Vivimos en un país donde los días de sol superan con creces a los días grises. Aprovechemos este recurso natural para secar la ropa, puesto que la secadora consume incluso más energía que la lavadora. Cuando sea imprescindible su uso, hay que procurar centrifugar la ropa en la lavadora más de una vez, de esta forma la ropa estará menos mojada y supondrá un menor esfuerzo para la secadora.
El lavavajillas es un gran invento que llegó a los hogares españoles de forma masiva en la década de los 90. Al contrario de lo que pueda parecer, utilizar el lavavajillas permite ahorrar mucha más agua que fregar los “cacharros” a mano. Es conveniente que su uso se haga cuando esté lleno y, en la medida de lo posible, utilizar temperaturas bajas y ciclos de ahorro. También se conseguirán muy buenos resultados utilizando los cada vez más abundantes detergentes ecológicos.
A la hora de cocinar, nuestro gran aliado es el calor residual. Hay que intentar aprovecharlo en la medida de lo posible ya que permitirá ahorrar energía y se reducirán considerablemente las emisiones de CO2. La compra alimentos frescos en detrimento de los pre-cocinados, permitirán, además de disfrutar de una mayor calidad de los mismos, una reducción de los residuos que conllevan este tipo de envases.
El incremento en el uso de servilletas de papel y rollos de cocina supone un enorme gasto de celulosa, lo que implica un aumento en la tala de árboles que deriva en el incesante calentamiento global. Las servilletas de tela y los antidiluvianos paños son la mejor alternativa. Aparte de trasladarnos a nuestra infancia, su uso supondrá una reducción en la lista de la compra mensual.
El aceite sobrante en la cocina en ningún caso puede tener como destino último el fregadero. Es conveniente retirarlo en un bote o tarro de cristal cerrado y depositarlo en la basura. Pero su vida útil no termina ahí. El aceite se puede reciclar y aprovechar para hacer jabón, un jabón que podremos utilizar para la limpieza de suelos, azulejos e incluso para lavar la ropa.
Para fabricar jabón, sólo se necesita aceite usado, agua y sosa cáustica. Se le puede añadir alguna esencia natural para que tenga un aroma determinado. El proceso es muy sencillo. Se vierte en un recipiente la sosa cáustica y se le añade el agua ¡mucho cuidado!, hay que evitar tocar con la mano la sosa cáustica, ya que puede quemar la piel. Al preparar esta disolución se observará que se desprende calor, necesario para que se produzca la reacción. Añadir, poco a poco, el aceite, removiendo continuamente durante al menos una hora. Cuando aparezca una espesa pasta blanquecina habremos conseguido el jabón. Después se vierte la pasta obtenida en una caja de madera para que se escurra el líquido sobrante. Pasados unos días se puede cortar en trozos y estará listo para usarse.
De este modo, aparte de evitar tirar el aceite sobrante a la basura, se podrá ahorrar unos euros en la compra de jabón tradicional.
Todas estas medidas contribuyen de forma positiva en dos sentidos. De un lado se contribuye a un descenso de las emisiones de gases de efecto invernadero a la atmósfera y a una reducción de los residuos en el ecosistema. Por otro, la economía doméstica verá paliada en cierta forma la presión a la que estos últimos meses está siendo sometida.
Fuente: El Mercado Ecológico
Muy instructivo.
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